Usar el atajo...
...Esa calle era un rincón perdido de la ciudad, la probabilidad de que algún patrullero estuviera para multarme era improbable; no podía desaprovechar esa oportunidad.
Sin pensármelo más, me metí en el cruce cuando tuve la oportunidad. Afortunadamente no la transitaba ni un solo auto cuando llegó mi turno de pasarla, sin embargo, esto no impidió que me llevara bocinazos a mansalva.
Los ignoré y continué el trayecto lenta y cuidadosamente, pegada al cordón por si aparecía un coche de frente.
Antes de que pudiera llegar a otro cruce, visualicé un auto que venía con una rapidez descomunal frente a mí. Decidí aparcar el coche lo más pegado posible a la acera, para dejarle el paso y evitar un accidente.
Imaginé que el idiota reduciría la velocidad al ver a otro coche en la misma calle que, pese a caber los dos, esta era muy estrecha y corría el riesgo de estrellarse contra mí. Pero no, podría decirse que incluso pisó más el acelerador.
Imaginé que alguna emergencia debía ser, sin embargo, al ver como el coche se ladeaba en mi dirección, supe que me daría de frente. Quizá estaba alcoholizado, quizá se había dormido o quizá no tenía los frenos funcionando correctamente; el caso fue que sin importar el motivo, ya no había maniobra que pudiera realizar para evitar el choque.
La peor parte quizá se la llevó él o el dueño de la casa cuya entrada quedó destrozada por el impacto, pero yo no. Pese a haber sentido unos jaleos de la hostia que todavía me dolían, no llegué a golpearme con nada, gracias al cinturón.
Sin embargo, el impacto había provocado que este se trabara en el abrojo y no podía quitármelo. La impaciencia me dominó por verme atrapada dentro cuando del capó salía un humo tan negro que podría prenderse fuego en cualquier momento, y porque tampoco había reacción del otro coche, debía salir cuanto antes y ayudarle.
Y en eso, un tercer coche apareció. Una furgoneta negra.
De la parte trasera de esta bajó la criatura más gloriosa que hubiese pisado la tierra; sin exagerar. Su porte, su andar, su belleza, él era arte.
Tardé en notar que el humo comenzaba a colarse dentro del coche, teniendo cada ventanilla trabada, se acumulaba en la cabina.
Entre tos y tos, golpee el vidrio para llamar al sujeto que sería mi salvación; sin embargo, no se vio muy dispuesto a ayudar.
Se plantó frente a mi puerta y colocó su mano en la misma posición donde yo tenía la mía; y sonrió. Confundida, golpee más fuerte mientras todavía podía verle.
El humo se había esparcido por todo el interior que ya no podía ver nada más, que ya me costaba respirar también.
La fuerza de mi cuerpo se perdió entre la sofocación que aturdía mis sentidos, terminaría por asfixiarme y el extraño sujeto no haría nada.
Selecciona aquí para acabar y descubrir quien es tu ruta.
Me encantó, como siempre, aprecio todo el esfuerzo que la autora coloca en esto y en verdad espero que sea recompensada
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